A 20 años de la Revolución de terciopelo

Por Fco • 9 Nov, 2009 • Sección: Mundo

Raúl Espinoza Aguilera

Han pasado 20 años desde la caída del Muro de Berlín y he de reconocer que es un hecho que no me deja de sorprender.

En primer lugar, porque Rusia y sus países satélites obtuvieron su libertad sin que prácticamente hubiera derramamiento de sangre. Por ello algunos pensadores le han llamado “La Revolución de Terciopelo”.

Unos años antes a ese 1989, era impensable que pudiera ocurrir un cambio significativo. Recuerdo que un conocido historiador confesaba con sinceridad: “Mis recurrentes pesadillas giran en torno a que el día menos pensado, la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (URSS) lancen un ataque relámpago invadiendo Europa Occidental, como en su tiempo lo hicieron los nazis desde Alemania, que en un abrir y cerrar de ojos llegaron hasta París”.

Todavía recuerdo también aquella célebre película titulada: “Ahí vienen los rusos”, manifestando los muchos temores de los ciudadanos occidentales por la Guerra Fría. Y aquel satélite, “Sputnik”, que científicos rusos lanzaron al espacio y dio vueltas a la Tierra. Fue grande el temor de muchos habitantes de los países libres imaginando que podría soltar una bomba atómica.

Tengo, de igual forma, un recuerdo muy vivo de un amigo periodista de origen rumano, que un día me dijo muy convencido, a fines de los años 70:

­–Convéncete, la victoria de Rusia sobre el mundo entero es inevitable. Tenemos que irnos haciendo a la idea de que tarde o temprano nos conquistarán.

Ésa era la percepción, bastante pesimista, que se tenía en algunos sectores de nuestra sociedad y el mundo entero. Se veía a la URSS como un gigante casi invencible y que expandía con rapidez su doctrina marxista-leninista sobre los cinco continentes.

En octubre de 1917, Lenin dio un giro importante al materialismo de Karl Marx. José Stalin inició el expansionismo soviético desde 1945; y ni Churchill ni Roosevelt en Yalta fueron capaces de detener su afán imperialista.

Pero pasaron las décadas y el sistema soviético comenzó a envejecer y a dar señales de una enfermedad mortal. El escritor ruso y disidente en el exilio, Alexandr Solzhenitzyn, fue una de las primeras voces que se alzaron y expresaron con claridad una verdad ignorada en Occidente: “La URSS es un cadáver en descomposición y tiene sus días contados”.

Pero nadie hubiera sospechado que las modificaciones propuestas por Mijaíl Gorbachov en marzo de 1985, con la “Perestroika” y el “Glasnot”, provocaran cambios tan profundos como vertiginosos en todos aquellos países de Europa del Este.

Esa reestructuración que inició Gorbachov puso en poco tiempo fin a un sistema económico, político y social, y supuso el cierre de la etapa histórica del marximo-leninismo en la URSS. También significó el último acto y la caída del telón de la Segunda Guerra Mundial y el fin de la Guerra Fría.

¿Cuáles fueron las principales causas?

  1. La imposibilidad de organizar una sociedad basada en el marxismo-leninismo. El fracaso de este sistema político estaba en la mente de todos los ciudadanos que lo padecían, por atropellar la dignidad de la persona humana y por pretender esclavizar a millones de ciudadanos, arrancándoles el don más preciado del hombre: su libertad.
  2. Se demostraba hasta la saciedad que el Comunismo era una utopía totalitaria más y que ni económica ni financieramente resultaba viable. La mayoría de sus empresas se encontraban en quiebra y había desabasto de los alimentos básicos.
  1. La economía rusa se quedó muy rezagada con respecto a los demás países del mundo, particularmente de Europa Occidental y Estados Unidos.
  1. Quedó demostrado que el sistema democrático y liberal, pese a tener innegables imperfecciones, ha sido el que ha resistido mejor el embate del tiempo.
  1. El sentido común y liderazgo del dirigente ruso Gorbachov, al reconocer su derrota económica y política, tuvo la valentía y la fortaleza de decidirse por el cambio, con la ayuda de su sucesor, el Presidente Boris Yeltsin.

Las imágenes que en aquel inolvidable 1989 pudimos observar por la televisión fueron estremecedoras: miles y miles de ciudadanos de Europa del Este que huían hacia los países occidentales, sin que las fuerzas militares soviéticas opusieran resistencia. En sus rostros se adivinaba una sola expresión: “¡Tenemos hambre de libertad!”.

El Comunismo soviético no cayó ni por la fuerza de las armas ni con la violencia. Se hundió, como tantos otros totalitarismos a lo largo de la historia, que atentan contra la naturaleza misma del hombre, porque pretendía encadenar la libertad y la dignidad de millones de seres humanos, como magistralmente lo relata el escritor Solzhenitzyn en su obra “Archipiélago Gulag”, aquella infinidad de campos de concentración inhumanos a donde cualquier ciudadano que se atreviera a disentir del gobierno socialista iba a parar.

A la vuelta de estos 20 años, prácticamente todos estos países políticamente esclavizados han tenido un notable desarrollo económico, social, político, cultural, etcétera. Algunos de ellos han ingresado a la Unión de Países Europeos y han tenido un acelerado desarrollo.

En esa época, el entonces Cardenal Ratzinger declaró a la prensa internacional: “Ha caído el Muro, ahora debemos reconstruir Europa desde la fe. (…) El secularismo y el materialismo (de Occidente) pueden hacer peligrar la fe como lo han hecho el marxismo y el ateísmo. (…) La apertura de Europa Oriental abre nuevas posibilidades a la fe, pues allí se dio ya la experiencia de una cultura atea que además se presentaba como científica. Y en esa cultura ha nacido una fuerte sed de Dios y una experiencia nueva de las relaciones entre cultura y fe”.

Sin duda, la recristianización de Centroeuropa y Europa Oriental es todavía una asignatura pendiente. Pero se ha avanzado mucho y ya hay muchos obispos, sacerdotes, religiosos y laicos que trabajan activamente en esa labor de Evangelización y en poco tiempo han obtenido significativos frutos espirituales y apostólicos.

Y me parece que en la memoria colectiva de todos los ciudadanos permanece grabada una gran lección: los mitos de esa supuesta “realización revolucionaria del hombre”, se han revelado a los ojos del mundo tal y como realmente eran; como trágicas utopías que trajeron consigo una regresión sin precedentes en la historia de la humanidad.

Por fortuna, actualmente hay un nuevo amanecer a la fe, a la cultura y al progreso en todos estos países que sufrieron los horrores de esa imposición totalitaria.

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